En ocho años formando desarrolladores, hemos visto llegar a AC Academy a personas de perfiles que nadie hubiera predicho: una profesora de secundaria de 42 años, un militar retirado, varios diseñadores gráficos hartos de depender de otros para construir sus ideas, y muchas mujeres que nadie de su entorno se había molestado en decirles que programar era algo que ellas también podían hacer.
Lo que más nos ha enseñado ese tiempo no es sobre Swift ni sobre Xcode. Es sobre quién aprende a programar y quién no. Y la respuesta, invariablemente, no tiene nada que ver con el perfil técnico de partida.
El problema no es la dificultad. Es el relato.
La tecnología, y en particular el desarrollo de software, ha construido durante décadas un relato de exclusividad que no tiene ninguna justificación técnica. El estereotipo del desarrollador como un perfil de características muy específicas (joven, masculino, con cierta inclinación hacia las matemáticas desde la infancia) no es una descripción de quién puede programar. Es una descripción de quién llegó primero al campo cuando nadie explicaba bien que había sitio para todos.
En España, la proporción de mujeres en carreras de ingeniería informática lleva años estancada alrededor del 12-15%. No porque las mujeres tengan menos capacidad para programar (los resultados en nuestros programas no muestran ninguna diferencia sistemática en rendimiento). Porque nadie les dijo a tiempo que era una opción para ellas, y porque el entorno en el que se aprende programación en la mayoría de los centros educativos sigue siendo un entorno que no invita.
Lo que sí funciona, según lo que hemos visto
La curiosidad se activa cuando el problema a resolver tiene sentido para quien lo resuelve. Eso parece obvio pero raramente se aplica en la enseñanza de programación. Los ejercicios abstractos («calcula el factorial de n») no conectan con la motivación real de la mayoría de las personas que aprenden a programar. Lo que conecta es construir algo que puedas usar, que puedas enseñar, que resuelva un problema que tú tenías.
Swift Playgrounds es uno de los mejores ejemplos de que esto funciona en la práctica. Apple diseñó una herramienta que permite explorar programación de forma visual, iterativa y con resultados inmediatos. No es casualidad que sea la herramienta que más se usa en los programas de Apple de introducción a la programación en colegios.
Pero la herramienta sin el entorno no basta. Lo que marca la diferencia entre alguien que abandona en las primeras semanas y alguien que continúa no es la aptitud. Es si tiene a alguien que le diga, cuando se atasca, que atascarse es parte del proceso y no una señal de que esto no es para ellos. Esa persona puede ser un docente, un compañero, un mentor o una comunidad. Lo que no puede ser es nadie.
Las STEM como vocación, no como destino
Hay un error de framing en cómo se presentan las carreras STEM a los estudiantes más jóvenes. Se presentan como un destino («estudia ingeniería y tendrás trabajo») cuando lo que realmente engancha a la gente en la tecnología es el proceso, no el destino.
Nadie aprende a programar porque quiera un trabajo estable. Aprende porque en algún momento construyó algo que funcionó y esa sensación fue adictiva. La primera app que corre en tu propio dispositivo, la primera función que hace exactamente lo que le pediste, el primer bug que llevas horas persiguiendo y que de repente entiendes. Esos momentos no tienen que ver con el sector ni con el salario. Tienen que ver con la satisfacción de construir.
Esa es la historia que hay que contar a los estudiantes. No la del mercado laboral ni la de la brecha salarial ni la de las estadísticas de contratación. La historia de que programar es construir, y construir es una de las actividades más fundamentalmente humanas que existen. El lenguaje cambia (hoy es Swift, mañana será otro), pero la capacidad de convertir una idea en algo que funciona no caduca nunca.
Lo que ocho años nos han confirmado
Cualquiera que quiera aprender a desarrollar puede aprender a desarrollar. No cualquiera en cualquier circunstancia: necesitas tiempo, necesitas acceso a herramientas, necesitas un entorno que no te haga sentir que estás en el sitio equivocado. Pero no hay ningún requisito de partida que sea innegociable salvo la motivación.
Las personas que llegan a AC Academy sin experiencia previa y con más dudas que certezas sobre si esto es para ellas son, con frecuencia, las mismas que un año después trabajan como desarrolladoras en empresas reales. Eso no es un argumento de ventas. Es lo que hemos visto repetirse suficientes veces como para creerlo sin reservas.
El talento está distribuido de forma bastante uniforme en la población. La oportunidad, todavía no.




